En el apuro de cumplir con el tiempo de entrega y entre una y otra cosa, aunque si hice mi tarea como niña buena (jejeje), no la publiqué aquí para compartir con ustedes. Mis sinceras disculpas por eso. El ejercicio era escribir una crónica, y como me dijo un escritor famoso una vez "Uno debe escribir de lo que sabe", usé una historia que me contó mi abuela (heroína/angel de la guarda/best grandma in the whole world) de los acontecimientos del terremoto del 67 según su propia experiencia. Debo añadir que mi mamá y mi tia Gladys fueron grandes colaboradoras para construir los detalles del relato (se acordaban incluso que estaban viendo en la tv).
Round 2:
El día en que el piso se movió en Caracas
Fue hace ya muchos años, pero me acuerdo como si fuera ayer. La desesperación, el no saber qué hacer ni a dónde correr. Con todos mis hijos en la casa, y algunos todavía pequeñitos, tú mamá tenía 4 años y tu tía 2. El 29 de julio de 1967, me acuerdo, cayó día sábado.
En la mañana de ese día, se escucharon rumores de que hubo un temblor por San Cristóbal, pero no prestamos mucha atención. Uno nunca piensa que le van a suceder esas cosas, uno siempre las ve como distante, ¿sabes?. Me acuerdo clarito: todas las calles esos días estaban adornadas, edificios con pintura fresca, y en el centro, todo lleno de flores por la celebración de los 400 años de Caracas. También me acuerdo que la noche anterior cayó un palo de agua de Padre y Señor mío, pensábamos que el cielo se iba a caer esa noche, pero el 29, ese día amaneció como si nada, eso sí, un calor tremendo. Los muchachos mayores estaban en la calle desde tempranito, porque teníamos que aprovechar el día para vender un poquito más en el carrito de dulces que teníamos por aquellos tiempos, pero, como la cosa se complica, siempre que hay fiesta, yo les dije que llegaran temprano. Tu tía Rosa, que ya tenía 15 años, estaba en su cuarto, como siempre, con uno de sus ataques, y tu tía Gladys estaba sentada con las tres niñas pequeñas, viendo televisión, viendo el Miss Universo, creo. Yo no estaba pendiente del televisor, sino de los muchachos que no habían llegado aún.
Me acuerdo clarito, que estaba en la ventana viendo a ver si los muchachos llegaban, porque ya pasaban de las siete y esa calle estaba sola. Sabes que en esos tiempos había pocas casitas por la zona, no como ahora que montan una casa sobre la otra y no se ven ni las calles, era una zona tranquila y fría. Y mi casa era de las más bonitas de la cuadra, de madera, como un chalet. Tu abuelo no estaba en la ciudad, le salió una obra de construcción fuera de Caracas y como la cosa estaba apretada esos días, le tocó irse a trabajar allá. Apenas que llegan los muchachos y con las mismas que les pego un grito para que salgan corriendo hacia afuera: “¡Corran, corran! Agarren a los más pequeños y salgan que esta temblando”. Después de eso, todo se puso muy oscuro y confuso de inmediato, se cayeron unos postes de luz y lo único que se escuchaba eran gritos y gemidos, como una película de terror, como la peor de tus pesadillas hecha realidad; pero yo no tuve tiempo de pensar, actuaba como un robot, y lo único que tenia en mente era sacar a mis muchachos con vida de esa casa. Ahí mismo, regresé a buscar algunas cositas y mientras entraba en la casita, lo único que pensaba era “Nazareno de San Pablo, no me desampares que mis hijos no tienen a nadie más que a mí”, ya después, “amanecerá y veremos”.
Esa noche, mi abuela fue la última en salir de su casa, luego de mirar que sus nueve hijos estuvieran sanos y salvos afuera. Refugió a sus hijos en los carros de algunos vecinos y, con la desesperación y a pesar de las advertencias de los hombres cerca que le gritaban, “Carmen no vayas allá, Carmen sal de esa casa que se puede caer”, ella entró una y otra vez para su casa para buscar el dinero guardado para emergencias y las joyitas, en caso que tuvieran que venderlas luego; también sacó algunas mantas y cobijas para los más pequeños.
Al día siguiente, cuando ya todo estaba calmado, se vio la magnitud del desastre, casas con pedazos derrumbados, calles congestionadas, y la gente caminando como zombis, sin dirección, con miradas perdidas; algunas consecuencias de semejante tragedia. Por milagro no hubo necesidad de usar los ahorros, ni empeñar las joyas, la casa estaba intacta; a pesar de la sacudida, no tenía ni una sola grieta. Y mi abuela, entre otras cosas que vivió a lo largo de su vida, probó a todos la mujer valiente que siempre fue. Los periódicos del día solo hablaron de los muertos del Este, de la tragedia que había sufrido toda esa parte de la ciudad. Y no era para menos, más de 200 muertos y miles de heridos. Pero, a corta distancia, y por muchos años, los vecinos de esas calles escuchamos siempre hablar de la valentía de esta mujer que, sin mirar a los lados, sacó a cada uno de sus hijos, los puso a salvo y luego regresó por provisiones ella sola. De allí en adelante, todos los vecinos la veían con gran respeto y admiración, pero igualmente siempre se preguntaron cómo, entre todas las casas de la cuadra, la única que no sufrió daños, fue la casita de madera de la señora Carmen, a lo que mi abuela siempre respondía: “Mi Nazareno Bendito nunca me desampara”. Fue para mí un orgullo llamarla abuela.
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